21 Días para Habitar con el Padre — Día 10
Hoy llegamos al décimo día de este viaje, habitando y descansando en la presencia del Padre. Mi oración es que, como cada día, esta guía pueda llevarte a una intimidad más profunda con nuestro buen Dios.
Por eso hoy, una vez más, quiero invitarte a que tomes este momento sin prisa ni distracciones. Este es tu espacio para hablar con tu Padre. Respira profundo… y mientras exhalas, entrega lo que llevas dentro: el dolor, la tristeza, el enojo, el deseo de huir, el cansancio. Imagina que llegas a los brazos de tu Padre y que ahí puedes soltarlo todo.
Dios no te pide que estés siempre fuerte, solo te pide que vengas a Él. Con eso en mente, entreguemos este tiempo a Él:
Nuestro buen Padre, hoy venimos ante ti una vez más, buscando refugio, buscando paz, buscando tu abrazo. Señor, reconocemos que solo en ti hay verdadero descanso para nuestros corazones. Permite que tu Espíritu obre en nosotros hoy. Amén.
Hoy quiero comenzar haciéndote estas preguntas: ¿Es pecado que un creyente se sienta desanimado, triste, asustado, confundido o agotado? ¿Siempre tiene que estar bien el creyente?
Existe una tendencia incluso dentro de la iglesia que nos lleva a pensar que “si eres cristiano, siempre tienes que estar alegre.” Que mostrar dolor, tristeza o cansancio es señal de falta de fe. Pero la realidad es que eso no solo es falso, es peligroso.
Cuando miramos la Biblia, constantemente vemos a los “héroes de la fe” orando con profunda honestidad, hablando con Dios sobre sus luchas con lágrimas, con preguntas, con angustia. Y lo hermoso de la Biblia es que nos muestra que Dios no los rechaza por eso.
Hoy quiero compartir contigo el Salmo 55. David escribió este salmo mientras atravesaba por un momento muy duro en su vida; no solo enfrentaba enemigos, también había sido herido por un amigo cercano. Mira lo que escribe:
“Escucha mi oración, oh Dios; no pases por alto mi grito de auxilio. ¡Por favor, escúchame y respóndeme! Porque mis pensamientos me perturban y estoy muy inquieto.”
— Salmo 55:1-2
¿Puedes ver la brutal honestidad con la que David ora? ¿Puedes ver la profunda confianza que tiene en Dios? ¿Puedes ver la necesidad que tiene de Dios? Sabes, tú también puedes venir a Dios con la misma intensidad. Porque la realidad es que todos necesitamos a Dios de esta manera.
David nos da un ejemplo valioso:
No se quedó callado. No escondió su dolor. No fingió estar bien.
Él clamó a Dios con todo el corazón. Y esa oración vulnerable, honesta, sin filtros fue escuchada.
Recuerdo una etapa de mi vida donde también viví la traición de un amigo. Recuerdo el dolor, recuerdo la profunda tristeza. Pero en medio de ese momento, lo que más recuerdo no es el daño que sufrí, sino la forma en que Dios cuidó de mi corazón. Él me sanó, Él me guió al perdón, pero sobre todo Él me escuchó.
Como ya te lo he dicho antes, Dios no se ofende con tus oraciones reales y crudas. Él no necesita que le maquilles tus emociones. De hecho, lo que más desea es que vengas a Él con honestidad.
David clamó: “Escucha mi grito de auxilio…” Y más adelante, oró con convicción: “Pero clamaré a Dios, y el Señor me rescatará. Mañana, tarde y noche clamo… y el Señor oye mi voz.” (Salmo 55:16-17)
¿Lo ves? David no solo expresa dolor, también expresa su confianza en Dios. Confianza de que Dios lo escucha, confianza de que Dios ve lo que ha pasado, confianza de que Dios hará justicia.
¿Podrías decir hoy que tienes este tipo de confianza en Dios? Tú y yo profundamente necesitamos este tipo de confianza, especialmente cuando luchamos con dolor, decepción, traición, desánimo. La única manera de superar estas cosas verdaderamente es de la mano de Dios.
¿Por qué no tomas ahora mismo un momento con tu Padre celestial? Toma estos momentos para orar, para venir a Él, así como David: con un grito de auxilio, con una oración cruda y vulnerable. Exprésale a Dios lo que tienes dentro, lo que estás pasando, lo que estás sintiendo. No lo edites, no intentes llenarlo con palabras religiosas… simplemente dile: “Dios, esto es lo que hay dentro de mí… ayúdame, escúchame, rescátame.”
Mi amigo/a, Dios no te pide que estés siempre bien. Solo te pide que vengas. Y verás cómo Él hace lo que tú no puedes: rescatarte, sanarte y hacer justicia. De todo corazón oro que puedas experimentar a Dios de esta manera, y que nunca más quieras separarte de Él.
Gracias Dios por ser mi Padre, gracias por ser el refugio al que puedo correr, gracias por no rechazar mi dolor, mi desánimo, mi tristeza. Gracias porque no solo no me rechazas, sino que me restauras. Hoy pongo en tus manos mis cargas, hoy como David elijo clamar a ti, hoy como David decido confiar en ti. Gracias porque tus brazos siguen abiertos, aun cuando mi corazón está herido. Hoy me refugio en ti. Amén.
Nos vemos el próximo lunes.