21 Días para Habitar con el Padre — Día 11
Saludos mi amigo/a, este es el onceavo día de este tiempo juntos. Felicidades por seguir aquí, buscando habitar y crecer en intimidad con nuestro Padre celestial. Cada día que continúas en esta guía es un testimonio de tu deseo de estar cada vez más cerca de Él. Me siento privilegiado de ser parte de esto en tu vida.
Hoy quiero hablarte de un tema que todos hemos experimentado en algún momento de la vida, aunque no siempre lo hablemos: la sensación de que Dios nos ha dejado solos, de que nos ha abandonado. ¿Te ha pasado algo así?
Pero antes de profundizar más en el tema, como en cada ocasión, quiero invitarte a que tomes este espacio sin prisa ni distracciones. Este es tu momento para buscar al Padre con honestidad. Respira profundo… y mientras exhalas, imagina que sueltas la duda, la tristeza y cualquier pensamiento que te haga sentir rechazado.
Imagina que corres hacia la presencia segura de Dios, y aunque al principio parece que Él guarda silencio, poco a poco descubres que sigue ahí, esperándote con brazos abiertos.
Nuestro buen Padre, hoy venimos ante ti buscando tu presencia, buscando tu seguridad, buscando tu abrazo. Reconocemos nuestra profunda necesidad de ti, déjanos experimentarte hoy, ayúdanos a tener la seguridad de que estás aquí, con nosotros a nuestro lado. Amén.
Me encantan los salmos porque en sus oraciones puedo verme reflejado. Puedo ver que no soy el único que lucha con ciertos pensamientos, y puedo aprender de la manera como los salmistas procesaban sus luchas. Hoy quiero compartir contigo parte del Salmo 43. El Salmo 43 en realidad es una continuación del Salmo 42, por lo que si tienes oportunidad te invito a leer ambos salmos para tener la imagen completa.
El salmista abre su corazón de una manera honesta y transparente:
“Tú eres mi Dios y mi fortaleza: ¿Por qué me has rechazado? Envía tu luz y tu verdad; que ellas me guíen a tu monte santo, que me lleven al lugar donde tú habitas.”
— Salmo 43:2-3
¿Notas la tensión en sus palabras? Por un lado, reconoce que Dios es su fortaleza. Pero al mismo tiempo expresa lo contrario: “Siento que me rechazaste.” Su oración es una mezcla de fe y confusión, de confianza y duda. Y esa contradicción me encanta, porque es completamente real.
Yo también he pasado por momentos así. Recuerdo una etapa en mi vida, mientras estudiaba en el instituto bíblico, en la que pensé que Dios ya no quería nada conmigo. Las mentiras del enemigo inundaban mi mente: “Dios se cansó de ti. Tu pecado es demasiado grande. Ya no eres digno.” Y créeme, esas palabras dolían, porque yo quería servir a Dios, pero en mi corazón sentía que me había rechazado, que me había abandonado.
Tal vez tú también lo has sentido. Quizá en medio de una pérdida, de un fracaso personal, o de un tiempo oscuro en tu fe. Y como el salmista, has pensado: “Señor, ¿dónde estás? ¿Por qué siento que me has abandonado?”
La realidad es que el enemigo quiere precisamente eso: que creamos la mentira de que Dios nos dejó. Pero la verdad es otra. Dios ha prometido nunca abandonarnos. Jesús mismo lo aseguró: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20). Y Hebreos lo reafirma: “Nunca te dejaré, jamás te abandonaré” (Heb. 13:5).
El problema es que muchas veces cuando estamos en la tormenta, cuando nos sentimos afligidos y oprimidos, esas promesas se nos olvidan. El dolor, la ansiedad y el miedo hablan más fuerte que la fe. Y en esos momentos necesitamos oraciones como esta del salmista, que expresan lo que sentimos, pero también nos llevan de vuelta a la verdad.
Mira cómo continúa este salmo: “Envía tu luz y tu verdad; que ellas me guíen a tu monte santo, que me lleven al lugar donde tú habitas.”
Me encanta, porque puedes ver cuál era el verdadero clamor del salmista: no que Dios le dé todas las respuestas, sino que lo lleve de regreso a su presencia. Más que explicaciones, lo que anhela es experimentar la luz, la verdad y el abrazo del Padre.
¿Has hecho esa pregunta a Dios alguna vez? “Dios, ¿por qué permites que pase esto en mi vida?” Yo sé por experiencia que Dios no siempre responde a esos “¿por qué?”, así como no respondió a los de Job. Pero lo que sí sé es que si perseveras, si permaneces, si no te alejas de Dios, podrás experimentar algo hermoso: el verdadero anhelo del salmista era habitar en la presencia de Dios, escucharle una vez más, sentirle una vez más, adorarle una vez más.
Hoy te invito a realizar tu propia oración con sinceridad. Exprésale a Dios tus dudas, tus miedos y hasta tus “¿por qué?”. Pero no te quedes ahí. Termina tu oración igual que el salmista: “En ti pondré mi esperanza, y te seguiré alabando.” Eso es lo que hace la oración honesta: nos lleva de la queja a la confianza, del dolor a la esperanza.
Padre, hay momentos en los que no entiendo lo que pasa y siento que me has dejado. Pero hoy decido creer en tu promesa: nunca me abandonarás. Aunque mi alma está abatida, en ti pondré mi esperanza. Y aunque no tenga todas las respuestas, seguiré alabándote, porque tú eres mi Salvador y mi Dios. Amén.
Mi amigo/a, hoy no necesitas entenderlo todo. Solo necesitas recordar que, incluso en el silencio, Dios sigue contigo.
Nos vemos el próximo lunes.