21 Días para Habitar con el Padre — Día 12
Saludos mi amigo/a, me alegra mucho que estés aquí un día más. No es casualidad que estés leyendo esto; cada día que eliges detenerte para buscar a Dios, para habitar en su presencia, es un testimonio de tu deseo de crecer en intimidad con Él.
Hoy quiero hablarte de algo que todos hemos sentido en algún momento de nuestra vida: la sensación de que nos estamos hundiendo. A veces la vida se siente como un mar agitado donde no alcanzamos a mantenernos a flote. Estoy hablando de esos días en los que parece que todo se nos viene encima.
Pero antes de seguir, quiero invitarte como cada día a que hagas una pausa. Recuerda que este es tu espacio con Dios. Respira profundo y al exhalar, imagina que sueltas cualquier peso que estés cargando: la ansiedad, el cansancio, las dudas. Ahora entrégale todo eso al Señor.
Padre bueno, aquí estoy delante de ti. Tú conoces mi corazón y mis luchas. Hoy necesito sentir tu presencia y tu cuidado. Extiende tu mano hacia mí y no me sueltes. Amén.
Como te decía, todos pasamos por momentos donde parece que solo nos hundimos más y más. Las cargas y luchas de la vida a veces parecen demasiado pesadas. Fue justo en un momento así que David hizo esta hermosa y desesperada oración:
“¡Sálvame, Dios mío, porque las aguas ya me llegan al cuello! Me estoy hundiendo en un pantano profundo y no tengo dónde apoyar el pie. Estoy en medio de profundas aguas y me arrastra la corriente. Cansado estoy de pedir ayuda; tengo reseca la garganta. Mis ojos languidecen, esperando la ayuda de mi Dios. Respóndeme, Señor, por tu bondad y tu gran amor; por tu inmensa misericordia, vuélvete hacia mí.”
— Salmo 69:1-3,13
¿No es impresionante lo gráfico de sus palabras? David se siente literalmente hundido, sin fuerzas, sin esperanza, con la garganta reseca de tanto clamar. Y sin embargo, sigue orando. Me encanta, porque a veces pensamos que necesitamos llegar a Dios con frases bonitas, con todo bajo control. Pero lo que Él quiere es justamente lo contrario: un corazón sincero que clame, aunque sea con la voz quebrada: “¡Sálvame, Dios mío!”
Estas palabras me recuerdan una de mis escenas favoritas en el Nuevo Testamento: Pedro caminando sobre el agua. Jesús se acerca a sus discípulos en medio de la noche, caminando sobre el mar. Ellos se asustan, pensando que es un fantasma. Pero Pedro, con un atrevimiento increíble, le dice: “Si eres tú, Señor, manda que yo vaya hacia ti.” Y Jesús simplemente responde: “Ven.”
Pedro baja de la barca y comienza a caminar sobre el agua. ¡Qué momento! Ninguno de los otros discípulos vivió algo así. Pero en cuanto quitó la mirada de Jesús y se enfocó en el viento y en las olas, el miedo lo venció y comenzó a hundirse. Lo único que pudo hacer fue gritar con fuerza: “¡Sálvame, Señor!”
Ese grito suena como un eco del Salmo 69. Pedro y David, separados por siglos, expresan lo mismo: “Me hundo, Señor. ¡Sálvame!”
Y quizá tú también has vivido momentos así. Recuerdo en el instituto bíblico, cuando la depresión me envolvía. Me sentía atrapado como en un pantano, sin saber dónde apoyar los pies. O durante la pandemia, cuando mi esposa y mi hija recién nacida estaban enfermas con covid, y al mismo tiempo mi papá luchaba con esta enfermedad en su casa. Yo estaba desesperado, cuidando a mi familia, preocupado por mi papá, y muchas veces orando sin fuerzas. Cada noche mi oración era exactamente la de David y Pedro: “¡Ayúdame, sálvame Dios mío!”
Y ¿sabes qué? Lo que pude experimentar fue a Jesús extendiendo su mano hacia mí. No quitó la tormenta de inmediato, pero sí me sostuvo en medio de ella.
Si hoy sientes que te estás hundiendo, quiero animarte a hacer de esta oración tu clamor: “¡Sálvame, Señor!” No necesitas más. Tus gritos sinceros no alejan a Dios, al contrario, lo atraen. Él se inclina hacia quienes le buscan con un corazón quebrantado, como dice otro salmo: “El Señor está cerca de los que tienen quebrantado el corazón.”
Y si no estás en ese lugar ahora, pero ya lo has experimentado, déjame hacerte este desafío: ¿Qué pasaría si buscaras a Dios con la misma urgencia con la que lo buscas en la crisis, todos los días? La mayoría de nosotros corremos a Dios cuando estamos al borde del colapso. Pero ¿qué tal si esa intensidad se convirtiera en nuestro estilo de vida espiritual? Creo que nuestra relación con Dios se transformaría radicalmente.
Toma ahora mismo un tiempo con Dios para procesar esto, ya sea para clamar desde lo más profundo de tu corazón “¡Dios, sálvame!”, o para buscarlo con una intensidad y pasión renovadas.
Señor, hoy reconocemos nuestra necesidad de ti. Reconocemos que cuando sentimos que nos estamos hundiendo podemos clamar con todas nuestras fuerzas: ¡Sálvame! Gracias porque hoy nos recuerdas que nunca nos dejas y siempre extiendes tu mano. Pero al mismo tiempo, mi oración es que nos enseñes a buscarte con esa misma urgencia también en los días de calma. Amén.
Mi amigo/a, no olvides esto: el mismo Dios que rescató a Pedro, el mismo Dios que escuchó el clamor de David, es el que está contigo hoy. Si te sientes hundido, clama. Y si estás en pie, busca su presencia con urgencia. En ambos casos, descubrirás lo mismo: Dios nunca deja de extender su mano.
Nos vemos el próximo lunes.