21 Días para Habitar con el Padre — Día 17


Llegamos al día 17 de este espacio. Mi oración es que cada día te haya dado una hermosa oportunidad de habitar en la presencia del Dios que te ama profundamente.

Por eso quiero invitarte una vez más a tomar este tiempo sin prisas ni distracciones. Este es tu tiempo con Dios. Respira profundamente… y mientras exhalas, escucha la voz de Dios diciéndote: “Siempre he estado contigo.”

Dios, gracias por este día, gracias por tu bondad y fidelidad, gracias por tu amor y tu perdón, gracias por tu sustento diario. Dios, revélate, habla hoy a través de este espacio y que tu presencia nos llene por completo. Amén.

Hay un poema cristiano que ha cautivado profundamente mi corazón desde que era muy joven. Quizás lo conoces o lo has escuchado antes: me refiero al poema “Huellas en la arena”, un poema de autor desconocido que ha servido de consuelo a miles de personas en momentos de dificultad. Permíteme compartir contigo una versión abreviada de este poema.

Un día soñé que caminaba por la playa con el Señor, y veía escenas de mi vida reflejadas en el cielo. En cada una, noté dos pares de huellas en la arena: las mías y las de Él. Pero en los momentos más difíciles, solo había un par. Entonces pregunté:

—Señor, ¿por qué me dejaste solo cuando más te necesitaba?

Entonces Él, clavando en mí su mirada infinita, me contestó: “Mi querido hijo. Yo te he amado y jamás te abandonaría en los momentos más difíciles. Cuando viste en la arena solo un par de pisadas, fue justamente allí donde te cargué en mis brazos.”

Este poema transmite una verdad tierna y poderosa: Dios nunca nos abandona. Aun en los momentos más oscuros de nuestra vida, cuando sentimos que Él está lejos, cuando no vemos lo que está haciendo, la realidad es que sigue estando con nosotros. Desde el vientre materno y hasta el día que nos llame a su presencia, Dios camina a nuestro lado, sosteniéndonos, levantándonos, cargándonos cuando ya no tenemos fuerzas para dar un paso más.

Esta es exactamente la verdad que el salmo de hoy confirma:

“Tú, Soberano Señor, has sido mi esperanza; en ti he confiado desde mi juventud. Desde el vientre de mi madre dependo de ti; desde el seno materno me has sostenido. ¡Por siempre te alabaré!”

— Salmo 71:5-6

El salmista reconoce que su vida entera ha estado marcada por la presencia y el cuidado de Dios. Antes de que pudiera entenderlo, ya dependía de Él, desde el seno de su madre fue sostenido. Ahora, en su vejez, puede mirar hacia atrás y dar testimonio de que Dios nunca lo dejó solo. Más adelante en el mismo salmo dice: “Aun cuando sea yo anciano y peine canas, no me abandones, oh Dios, hasta que anuncie tu poder a la generación venidera.” (v.18).

Cuando leo este salmo no puedo evitar recordar mi propia historia. Yo entregué mi vida a Dios alrededor de los 15 años, pero ahora, cuando miro hacia atrás, puedo ver que Él siempre estuvo presente, orquestando cada detalle para que yo pudiera conocerle, rendirme a Él y seguirlo.

Algo que me marcó profundamente fue cuando descubrí que mi bisabuelo fue pastor, y que mi bisabuela oró toda su vida para que uno de sus hijos se levantara en el ministerio pastoral. Esa oración, aparentemente sin respuesta en su tiempo, estaba sembrando una semilla que germinaría generaciones después.

Lo entendí de una manera muy clara cuando estaba por salir al extranjero a estudiar en un instituto bíblico. Mi abuelo me miró y me dijo unas palabras que jamás olvidaré: “Tú eres la respuesta a la oración de mi mamá. Tú eres por lo que ella oró toda su vida.”

Ese momento quedó grabado en mi corazón. Comprendí que, aun antes de nacer, alguien estaba intercediendo por mí. Y fue allí cuando estas palabras del salmista cobraron vida: “Desde el vientre de mi madre dependo de ti; desde el seno materno me has sostenido.”

Este es el Dios en quien puedes poner tu esperanza. El Dios que ha estado obrando a tu favor mucho antes de que tú pudieras notarlo. El Dios que desde antes de que nacieras ya te amaba. El Dios que ha visto cada día de tu vida y cada día de lo que todavía te falta vivir. El Dios que ha visto lo peor de ti… y aun así te ama, aun así quiere lo mejor para ti, aún así envió a su Hijo Jesús para salvarte.

La realidad es que muchas veces nuestra perspectiva es limitada. Vemos dolor, pérdida, abandono, y creemos que Dios nos ha soltado de la mano. Pero el poema nos recuerda la verdad: cuando solo había un par de huellas, era porque Él te llevaba cargado.

Mi amigo/a, si hoy la duda invade tu mente y tu corazón, mira atrás. Reconoce su mano, su protección, su sustento y su amor desde el día en que naciste. Reconoce que aun en los momentos más difíciles, cuando pensaste que estabas solo, Él estaba allí.

Con esto en mente, quiero invitarte a un ejercicio espiritual sencillo pero profundo. Piensa en un momento de tu vida en el que te sentiste abandonado por Dios. Tal vez fue un tiempo de dolor, soledad o pérdida. Ahora, vuelve a imaginar esa escena, pero no como antes. Visualiza a Jesús allí, cargándote en sus brazos, caminando contigo en la arena. Dile en oración: “Señor, muéstrame dónde estabas en ese momento difícil.” Y confía en que Él te responderá, porque su fidelidad nunca cambia.

Gracias Dios por las hermosas verdades que encontramos en tu Palabra. Gracias en especial por la verdad de hoy: por saber y reconocer que tú nunca me has abandonado, que tú siempre has estado ahí, a mi lado. Gracias porque antes de que pudiera siquiera imaginarlo, tú ya estabas cuidando de mí. Amén.

Mi amigo/a, nunca olvides esta verdad: Dios nunca te abandona. Puede que tus emociones te engañen, que tu mente dude, que tus ojos no vean más allá de la oscuridad, pero su promesa permanece firme.

Así que, la próxima vez que sientas que no puedes más, recuerda: esas huellas solitarias en la arena no son prueba de abandono, son la evidencia de un Dios que te carga cuando ya no tienes fuerzas.

Nos vemos el próximo lunes.

Eleazar D.