21 Días para Habitar con el Padre — Día 18


Bienvenido al día de hoy. Una vez más gracias por estar aquí, y por buscar esta intimidad con Dios. Estoy seguro de que esto tendrá un impacto directo en tu vida y la de quienes te rodean.

Por eso quiero invitarte una vez más a tomar este tiempo sin prisas ni distracciones. Este es tu tiempo con Dios. Respira profundamente… y mientras exhalas, imagina que estás hablando contigo mismo, imagínate diciendo como el salmista: “¡Alaba, alma mía, al Señor!”

Alaba, alma mía… este es el clamor que levanto hoy. Señor, ayúdame a que mis ojos y mi corazón estén enfocados en ti, y que de esto surja desde dentro de mí una alabanza que sea como una ofrenda para ti, mi Dios que me amas más de lo que puedo imaginar. Entrego este tiempo en tus manos. Amén.

Sabes, a mí me encanta la música. Creo que es uno de los regalos más hermosos que Dios le dio al ser humano. Una canción puede expresar emociones que no caben en palabras. Hay melodías que, apenas escucharlas, me transportan a momentos específicos de mi vida: canciones que me recuerdan mis días de depresión, otras que me llevan a mis años de noviazgo con mi esposa, y algunas que me hacen revivir lugares donde he servido a Dios.

Con la alabanza pasa algo aún más profundo. Hay himnos y canciones que me recuerdan el día de mi bautismo, que me regresan a promesas de Dios cumplidas, o que me llevan a revivir batallas donde Dios me dio la victoria. La música despierta mi corazón y lo lleva directo a la adoración.

¿Y tú? ¿Hay canciones que te transporten, que despierten tu fe, que te recuerden que Dios ha estado contigo en cada etapa?

Eso es lo que me apasiona tanto de David. Él no solo fue un rey y un guerrero valiente, también fue un poeta y músico que sabía cómo poner en palabras lo que su alma sentía.

En el Salmo 57, mientras huía de Saúl y se escondía en una cueva, David comenzó suplicando por protección. Pero, de repente, algo cambió en su oración. En medio de la oscuridad de la cueva, se levantó un canto de esperanza:

“Firme está, oh Dios, mi corazón; firme está mi corazón. ¡Voy a cantarte y entonarte salmos! ¡Despierta, alma mía! ¡Despierten, lira y arpa! ¡Haré despertar al nuevo día! Te alabaré, Señor, entre los pueblos; te cantaré salmos entre las naciones. Pues tu gran amor se eleva hasta los cielos y tu verdad llega hasta las nubes. ¡Sé exaltado, oh Dios, sobre los cielos! ¡Alza tu gloria sobre toda la tierra!”

— Salmo 57:7-11

Lo impresionante es que estas palabras no fueron escritas en un palacio ni en un servicio de adoración, sino en medio de una huida desesperada. David estaba rodeado de peligro, durmiendo en cuevas húmedas, sin certezas de lo que vendría. Y aun en esas circunstancias… decidió alabar.

Me encanta esa frase: “¡Despierta, alma mía!”

Es como si David estuviera hablando consigo mismo, recordándose dónde poner su enfoque. Podría haberse hundido en la angustia, pero eligió despertar a la alabanza.

A veces nuestra mente y nuestra alma se adormecen con el miedo, o la rutina, o la frustración. Pero cuando recordamos la grandeza del amor de Dios, podemos darle un giro interno a nuestro corazón y decirle: “Despierta… no te quedes en la tristeza. Canta, alaba, mira más allá del problema.”

La firmeza del corazón de David no dependía de su comodidad, sino de su confianza en Dios. Y eso lo llevó a cantar. La pregunta es: ¿dónde está la firmeza de tu corazón?

¿En tu seguridad financiera? ¿En tu salud? ¿En tus logros? ¿En tu capacidad de resolver problemas? Cuando nuestro corazón está firme en Dios, la respuesta natural, incluso en la adversidad, es la adoración. Porque reconocer la inmensidad de su amor y su fidelidad nos impulsa a cantar, a proclamar, a decirle a nuestra alma: “¡Despierta! ¡Es tiempo de alabar!”

Y aquí está una gran lección para ti y para mí: la alabanza no siempre fluye de lo que sentimos, sino de lo que creemos. David declara: “Firme está mi corazón.” ¿Firme en qué? No en sus emociones, no en las circunstancias, sino en Dios.

Por eso hoy quiero invitarte a un ejercicio muy sencillo: cierra tus ojos e imagina que tu alma está cargada bajo el peso de la preocupación, del cansancio o de la duda. Ahora, con fe, dile como David: “Despierta, alma mía.” Imagina que en ese instante se enciende una melodía dentro de ti, una canción, una adoración que no nace de la comodidad, sino de la fe. Toma este momento con Dios, y dile a tu alma: “¡Alma mía, alaba a tu Dios!”

Señor, hoy quiero decir como David: “Mi corazón está firme en ti.” Despierta mi alma para alabarte aun en medio de las cuevas de la vida. Que mi adoración no dependa de mis circunstancias, sino de tu amor que se eleva hasta los cielos. Despierta, alma mía, despierta mi corazón para verte a ti. Amén.

Mi amigo/a, lleva este pensamiento contigo: la adoración no es un lujo para cuando todo está bien, es un arma aun en medio de la batalla.

Nos vemos el próximo lunes.

Eleazar D.