21 Días para Habitar con el Padre — Día 19


Bienvenido una vez más a este tiempo, a este espacio que es tuyo con Dios. Hoy quisiera comenzar con esta pregunta: ¿Cuántos milagros de Dios has experimentado en tu vida?

¿Sabías que la definición de milagro es: un acontecimiento extraordinario causado por el poder de Dios? Estoy convencido de que cada día podemos reconocer estos acontecimientos extraordinarios en nuestra vida, solo basta abrir los ojos y reconocer la mano de Dios en ellos.

Pero antes de seguir, te invito una vez más a tomar este tiempo sin prisas ni distracciones. Respira profundo… y mientras exhalas, haz esta declaración en fe: “Señor, yo creo que Tú eres el Dios de milagros.”

Gracias Dios porque verdaderamente tú eres el Dios de milagros, el Dios de lo imposible, el Dios de maravillas. En ti confío y en ti pongo mi esperanza ante cada situación de mi vida. Amén.

Recuerdo hace un par de años, en un estudio bíblico, tener un debate con un amigo alrededor de este tema. Él decía que los grandes y hermosos milagros que vemos en la Biblia tuvieron un tiempo y un espacio, pero que hoy Dios ya no obra de esa manera. Su conclusión era que lo milagroso quedó en el pasado.

Bueno, yo quiero decirte lo mismo que le dije a mi amigo en ese tiempo: ¡yo no creo eso ni estoy de acuerdo!

Cuando leo la Palabra, lo que encuentro es a un Dios que sigue obrando milagros, que sigue haciendo lo imposible, que continúa respondiendo oraciones más allá de lo que podemos imaginar.

Déjame contarte una experiencia muy personal. Cuando nació mi niña Elena, a los quince días recibimos una llamada del hospital. Nos dijeron que algunos de los exámenes que le habían hecho habían arrojado resultados fuera de lo normal. Con calma, pero con firmeza, nos explicaron que necesitaban repetirle las pruebas para confirmar antes de dar un diagnóstico definitivo.

El problema era que, si ese primer examen estaba correcto, nuestra hija iba a sufrir convulsiones durante toda su infancia o tendría algún tipo de retraso. Recuerdo que, después de colgar, mi esposa y yo nos miramos, nos abrazamos y lloramos. Era nuestra primera hija, apenas llevaba un par de semanas con nosotros, pero ya la amábamos con una intensidad que no se puede explicar con palabras. Y de repente, teníamos frente a nosotros la posibilidad de un futuro incierto, de sufrimiento y dolor para ella y para nosotros.

En medio de las lágrimas tomamos la decisión de orar. No teníamos otra opción más que llevar esta carga delante de Dios y clamar por un milagro. Así lo hicimos, entregamos nuestra angustia y nuestra niña en las manos de Aquel que todo lo puede.

Llevamos a Elena a hacer las pruebas de nuevo, y luego vino lo más difícil: esperar. Fueron quince largos días de incertidumbre. Cada día era un recordatorio de nuestra fragilidad, pero también de nuestra dependencia de Dios.

Hasta que un día por fin recibimos la llamada. Con voz tranquila, el médico nos dijo: “Todo salió normal. Su hija no tiene nada.” No te imaginas el peso que cayó de nuestros hombros en ese instante. La paz, el gozo y la gratitud que sentimos solo pueden explicarse de una manera: Dios hizo un milagro.

Claro, alguien podría decir que el primer examen estaba mal y que el segundo era el correcto. Pero, para mí, hasta el día de hoy, casi cinco años después, no hay duda: lo que vivimos fue un milagro de mi Dios.

Por eso me encantan las palabras que encontramos en el Salmo 77:

“Santos, oh Dios, son tus caminos; ¿qué dios hay tan excelso como nuestro Dios? Tú eres el Dios que hace maravillas; el que despliega su poder entre los pueblos.”

— Salmo 77:13-14

El salmista comparte algo clave: cuando enfrentamos momentos difíciles, debemos recordar las hazañas del Señor, traer a la memoria sus milagros de antaño, meditar en sus proezas. Cuando lo hacemos, nuestro corazón se fortalece en la fe.

“Tú eres el Dios que hace maravillas.” Otras versiones lo traducen: “Tú eres el Dios que hace milagros.” Ese es el Dios al que servimos y amamos: el Dios de milagros, el Dios de maravillas, el Dios de lo imposible.

La Biblia está llena de milagros: el mar Rojo abriéndose, el maná descendiendo del cielo, los ciegos viendo, los cojos caminando, los muertos resucitando. Pero no son solo historias del pasado, son testimonios del carácter de Dios: Él no cambia, y sigue haciendo milagros hoy.

Jesús mismo nos da una clave en Mateo 13:58: “Y no hizo allí muchos milagros debido a la incredulidad de ellos.” Jesús no dejó de hacer milagros porque no pudiera, ni porque no quisiera. Fue la incredulidad de la gente la que limitó lo que Él quería hacer. Esto nos enseña algo clave: entre más fe tengamos, más milagros veremos.

Quizá hoy tú estás esperando un milagro: en tu salud, en tu familia, en tus finanzas, en tus relaciones. Tal vez has sentido que Dios guarda silencio, o que nada sucede. Pero yo quiero recordarte lo mismo que el salmista: ¡recuerda mejor las hazañas del Señor, trae a memoria sus milagros de antaño, medita en sus obras poderosas! Cuando lo haces, tu corazón se fortalece en la fe y puedes declarar con convicción: “Mi Dios sigue obrando milagros.”

Te invito a tomar ahora un tiempo con Dios. Trae a tu mente el milagro que estás esperando y haz esta oración con sinceridad: “Señor, yo creo que Tú eres el Dios de milagros.” No lo hagas con prisa, sino permitiendo que tu fe, aunque sea del tamaño de una semilla, se despierte.

Señor, gracias porque sigues siendo el Dios que hace maravillas. Señor, te ruego que aumentes mi fe, rompas mi incredulidad y me recuerdes que aún en el silencio estás obrando. Yo creo en ti, Dios de milagros. Amén.

Mi amigo/a, Dios te ama y está haciendo milagros en tu vida, incluso en aquellos detalles que a veces pasas por alto. Y si estás esperando un milagro específico, sigue pidiéndolo con fe. Y no olvides esta gran verdad: tú mismo eres un milagro.

Nos vemos el próximo lunes.

Eleazar D.